
Lectores del Blog Revoluciones - - Ahora que formalmente me incorporo al Blog Revoluciones, resistencia, emprendida ardua y valientemente por el buen SAM, me puse a llenar el perfil de «en pocas palabras». Una de las preguntas requiere que indique mis libros favoritos, lo que me hizo repasar mi archivo de apuntes de muchos años de escuela, de veranos, de horas de espera en aeropuertos, de club de lecturas, etc., que he tenido oportunidad de dedicar a la lectura, y entre todas mis notas me encontré la siguiente traducción que hice hace tiempo y, que compartir con ustedes en estos dias de la Segunda Convención Nacional que nos impulsar a reanudar la lucha por el derecho:
«Discurso del 10 de diciembre de 1957»
—Albert Camus—
Albert Camus, nacido en Argelia en 1913, recibe el premio «Nobel de Literatura» en 1957, y muere tres años más tarde, el 4 de enero de 1960, en un accidente automovilístico. Obras, entre otras: El extranjero; El mito de Sísifo; La caída; La peste; Estado de sitio. Al recibir la distinción con que vuestra Academia ha tenido a bien honrarme, mi gratitud era tanto más profunda cuanto que medía hasta qué punto esta recompensa sobre pasaba mis méritos personales. Todo hombre y, con mayor razón, todo artista, desea ser reconocido. También yo lo deseo. Pero no me ha sido posible conocer vuestra decisión sin comparar su nombradía con lo que yo soy realmente. ¿Cómo un hombre casi joven, cuya única riqueza son sus dudas y una obra todavía en el telar, acostumbrado a vivir en la soledad del trabajo o en los remansos de la amistad, no hubiese sabido con una especie de pánico una determinación como la vuestra que, de un golpe, desde su soledad y reducido a sí mismo, le llevaba al centro de una luz resplandeciente? ¿Con qué corazón también podía recibir él este honor en la hora presente en que, en Europa, otros escritores, entre los de más talla, están reducidos al silencio, y en el momento mismo en que su tierra natal conoce una incesante desgracia? Yo he conocido este desasosiego y esta turbación interior. Para recobrar la paz, me ha sido necesario, en suma, reconciliarme con una suerte demasiado generosa. Y, puesto que no podía igualarme a ella apoyándome solamente en mis méritos, ninguna otra cosa más me queda para ayudarme que lo que me ha sostenido, en las circunstancias más contradictorias, a lo largo de mi vida: la idea que me hago al respecto de mi arte y del papel del escritor. Permitidme solamente que, con un sentimiento de reconocimiento y amistad, os diga, tan sencillamente como pueda, cuál es esta idea. Yo, personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he colocado este arte por encima de todo. Si me es necesario, por el contrario, es porque no se separa de nadie y me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. El arte no es a mis ojos un gozo solitario. Es un medio para conmover al mayor número posible de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de los sufrimientos y las alegrías comunes. Por consiguiente, obliga al artista a no aislarse; lo somete a la verdad más humilde y más universal. Y el que, frecuentemente, ha elegido su destino de artista porque se sentía diferente, aprende, muy pronto, que no alimentará su arte y su diferencia más que confesando su parecido con todos. El artista se forja en este perpetuo ir y venir desde él a los otros, a mitad de camino entre la belleza, de la cual no puede prescindir, y de la comunidad, de la cual no puede arrancarse. Es por eso que los verdaderos artistas no desprecian nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si ellos tienen un partido que tomar en este mundo, éste no puede ser más que el de una sociedad en la que, según las grandes palabras de Nietzshe, ya no reine el juez, sino el creador, sea trabajador o sea intelectual. El papel de escritor, por consiguiente, no se separa de deberes difíciles. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de los que hacen la Historia: está al servicio de los que la sufren. O si no, helo aquí solo y privado de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía con sus millones de hombres no le arrancarán de la soledad, incluso sobre todo si consiente en tomar su mismo paso. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en el otro extremo del mundo, basta para hacer retirar al escritor del destierro voluntario, cada vez, al menos, que llega, en medio de los privilegios de la libertad, a no olvidad este silencio y a hacerlo resonar con los medios que le da el arte. Nadie entre nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero, en todas las circunstancias de su vida, oscura o provisionalmente célebre, arrojado entre los hierros de la tiranía o libre durante un tiempo para expresarse, el escritor puede volver a encontrar el sentimiento de una comunidad viva que lo justifique, con la única condición de que acepte, tanto como pueda, las dos cargas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de verdad y de la libertad. Puesto que su vocación es el reunir el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse en la mentira y en la servidumbre, las cuales, allí donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualquiera que sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que uno sabe y la resistencia a la opresión. Durante más de veinte años de una historia enloquecida, perdido sin socorro, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, he sido sostenido así por el oscuro sentimiento de que escribir era un honor hoy, porque este acto obligaba, y obligaba no solamente a escribir. Me obligaba especialmente a soportar, tal como yo era y según mis fuerzas, con todos los que vivían la misma historia, la desgracia y la esperanza que compartíamos. Estos hombres, nacidos al principio de la primera guerra mundial, que tenían veinte años en el momento en que a la vez se instalaban en el poder de Hítler y los primeros procesos revolucionarios, que después han sido confrontados, para completar su educación, con la guerra civil de España, con la segunda guerra mundial, con el universo de los campos de concentración, con esta Europa de la tortura y de las prisiones, tienen que educar hoy a sus hijos y levantar sus obras en el mundo amenazado por la destrucción nuclear. Supongo que nadie podrá pedirles que sean optimistas. E incluso yo soy de la opinión que debemos de comprender, sin ello dejar de luchar contra ellos, el error de los que, con una puja de desesperación, han reivindicado el derecho al deshonor y se han precipitado en los nihilismos de la época. Pero ocurre que la mayor parte de entre nosotros, en mi país y en Europa, han rechazado este nihilismo y se han puesto a buscar una legitimidad. Han necesitado para ello forjarse un arte de vivir en tiempos de catástrofe para nacer por segunda vez y luchar después. A cara descubierta, contra el instinto de muerte que actúa en nuestra historia. Cada generación, sin duda, se cree predestinada para rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo que no lo hará. Pero quizá su tarea es mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones decadentes, las tecnologías que se han hecho demenenciales, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en las que poderes mediocres pueden hoy destruir todo, pero ya no saben convencer; en las que la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse servidora del odio y de la opresión, toda generación ha tenido que restaurar en sí misma, a partir de sus únicas negaciones, un poco de lo que constituye la dignidad del vivir y del morir. Ante un mundo amenazado por la desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores corren el riesgo de establecer para siempre el reino de la muerte. Mi generación sabe que debería, en una especie de carrera alocada contra este panorama, restaurar ante las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo con la cultura y volver a hacer con todos los hombres una nueva arca de la alianza. No es seguro que pueda cumplir nunca esta tarea inmensa, pero es seguro que, por todas partes del mundo, está manteniendo ya su doble apuesta de verdad y de libertar, y, en ocaciones, sabe morir sin odio por esta tarea. Es esta generación la que merece ser saludada y animada en cualquier parte en que se encuentre, y, sobre todo, allí donde esté sacrificándose. Es sobre ella, en todo caso, que, seguro de su acuerdo profundo, sobre la que quisiese hacer recaer el honor que acabáis de hacerme. Por ello mismo, tras haber descrito la nobleza del oficio de escritor, yo hubiese vuelto colocar al escritor en su verdadero sitio, no teniendo otros títulos más que los que comparte con sus camaradas de lucha, vulnerable, pero obstinado, injusto y apasionado por la justicia, edificando su obra sin vergüenza ni orgullo ante la vista de todos, compartiendo siempre unas veces el dolor y otras la belleza, y consagrado finalmente a sacar de la duplicidad de su ser las creaciones que trata obstinadamente de levantar en el movimiento destructor de la Historia. ¿Quién podrá esperar de él, después de esto, soluciones prefabricadas y hermosa moral? La verdad es misteriosa, huidiza, se le ha de conquistar incesantemente. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir cuanto tiene de exaltante. Debemos de caminar hacia estos dos objetivos, penosamente, pero resueltamente, seguros por anticipado de nuestras flaquezas en un camino tan largo. ¿Qué escritor, por consiguiente, se atrevería, instalado en la buena conciencia, a hacerse predicador de virtud? En cuanto a mí, necesito decir una vez más que no soy nada de todo eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la felicidad de existir, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esta nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, me ha ayudado sin duda a comprender mejor mi oficio, me sigue ayudando a mantenerme, ciegamente, junto a todos estos hombres silenciosos que no soportan la vida que se les hace en el mundo más que por el recuerdo o el refugio en el remando de breves y libres felicidades. Reducido así a lo que realmente soy, a mis límites, a mis obligaciones, como a mi fe difícil, me siento más libre de mostraros, para terminar, la amplitud y la generosidad de la distinción que acabáis de concederme, y más libre también para deciros que quisiera recibirla como un homenaje hecho a todos los que, participando en el mismo combate, no han recibido por él privilegio alguno, sino que, por el contrario, han conocido la desgracia y la persecución. Únicamente me quedará entonces daros gracias, desde lo íntimo del corazón, y haceros públicamente, como testimonio personal de gratitud, la misma y antigua promesa de fidelidad que todo artista verdadero, cada día, se hace a sí mismo, en el silencio.